Ruta del queso Idiazábal

Ruta del queso Idiazábal

Ruta del queso Idiazábal

Entre la sierra de Aralar y el parque natural de Aizkorri solo hay prados, caseríos, txabolas y ovejas latxas. No hace falta nada más para producir uno de los quesos más especiales y únicos de nuestra gastronomía. Y, aunque catarlo es un gozo instintivo, no viene mal conocer un poco mejor dónde se produce para disfrutar y entender un poco mejor sus peculiaridades. Este Gastro Rally persigue los mejores lugares para intentar robar el secreto de un sabor y un olor tan peculiar.

Esto no es un paseo en tacones por los bares de pintxos de Bilbao, Vitoria o San Sebastián.

Ni mucho menos, esto es casi una pequeña aventura con recompensa, solo que en lugar de hollar un pico imposible se llega hasta una meta más sabrosa: el plato de este manjar acompañado con vino tinto o sidra. Eso sí, que nadie se sienta obligado a caminar, aunque el hecho de poder oler el pasto mojado le aporta un toque diferenciador.

Perogrullada número uno: este queso se llama así por la localidad en la que estableció la asociación de pastores que lo produce. Se encuentra en un cruce de caminos, abierta a los valles interiores del País Vasco y a Navarra, en cuyos pastos también se cura este manjar. Y aquí dejan bien claro desde el principio que este alimento no es únicamente suyo, que es una Denominación de Origen a la que prestan el nombre pero que engloba tanto el queso vasco como el navarro (excepto el del valle del Roncal). No obstante, lo explotan encantados con su centro de interpretación.

Vaya por delante que el concepto ‘centro de interpretación’ causa un poco de urticaria al visitante común, pero que en ciertos casos es necesario. Como aquí, que explican con cierta gracia cómo en 1987 crearon esta marca con el fin de fomentar y solidificar esta forma de economía rural y cómo preservaron la raza de oveja Latxa, que estaba en vías de desaparición. Además, tiene su toque viejuno y muchachadesco al enseñar cómo es una txabola, el lugar donde antiguamente se elaboraba este lácteo. Y si encima la visita (previo pago) termina con una pequeña cata que premia el buen rato que se ha invertido en leer, observar, oler (y babear) pues mejor que mejor.

Es el momento de virar hacia el monte para descubrir in situ la vida de los pastores. Las majadas y los pastos de Aralar o Urbia forman un paisaje en los que las masas móviles que forman los rebaños de ovejas pueblan a su antojo cada rincón. Ya que se ha penetrado en el campo, es un pecado no acercarse al santuario de Arantzazu donde se encuentra la escuela de pastores. Hoy en día es difícil encontrar jóvenes vocaciones, pero ejemplos como la medallista olímpica Maider Unda son un soplo de esperanza. Por si acaso, aquí tienen su pequeña universidad.

Antes de regresar a la civilización, merece la pena pararse en el caserío Gomiztegi. Yendo al grano, es el lugar que mejor se ha sabido montar en la fiebre del Idiazábal, preparando un complejo turístico donde aprender de primera mano las diferentes variedades mientras se trata de entender el acento cerrado del pastor que lo enseña. Otro caserío en las inmediaciones de Legazpi, el Erreizabal, se ha convertido en un museo del pastoreo al que merece la pena llegar más por sus paisajes que porque su interior ofrezca algo diferente.

Ruta del queso Idiazábal

¡Un fantástico viaje a través del queso!!!

Via: Traveler

 

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