Más bocadillos y menos comida chatarra

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Más bocadillos y menos comida chatarra

Escribe Julio Camba (todos en pie): “Preveo que en el transcurso de muy pocas generaciones el arte de comer habrá sido enteramente substituido por la ciencia de nutrirse. La cocina se muere, y se muere volviendo a sus orígenes, como el hombre que, al envejecer, pierde la virilidad y cae en el infantilismo”. Y tantas veces en la tontería, añado yo.

Hablemos claro. Estamos un poco hasta las narices de tanta tontería, tanto gourmet, tanto foodie y tanto crítico gastronómico (plastas que son) con sus platos del año, sus fotos sin sombras y sus alginatos. Y es que un bocata de calamares es a un nigiri de pez mantequilla con trufa exactamente lo mismo que la Bellucci a la Knightley (o qué se pensaban).

Queremos bocadillos

 

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El origen del bocata hay que buscarlo en el Antiguo Egipto (¿algún origen que no haya que buscar en el Antiguo Egipto?) en concreto en el pan de pita y los llamados Shawarma (kebabs para los amigos). También en las tortillas de maíz de los indígenas americanos y mucho más tarde en el colega John Montagu, IV conde de Sandwich. Pero aquí no venimos a hablar de aburridos sandwichs de Rodilla sino de bo-ca-tas. Placer de trazo gordo: coches de gasolina, whisky de Islay y resacas sin Resalim. Bocatas como Dios manda.

Ya lo decía Carlos Herrera; llevamos generaciones enteras en busca de la barra perdida,

Via: Traveler

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