De la gloria a la caída del chef Jamie Oliver

 

Jamie Oliver recibió la noticia de que su cadena de restaurantes más popular, Jamie’s Italian, estaba al borde de ser aplastada por sus considerables deudas en el peor momento posible: mientras grababa un episodio de su programa ‘Friday Night Feast’ junto a la actriz Liv Tyler. De la gloria a la caída del chef Jamie Oliver

Motivos de la caída

La inestabilidad financiera Gran Bretaña atraviesa en estos días momentos preocupantes. Y además las apps de comida a domicilio han sabido aprovecharse del estilo de vida de la Generación Netflix. Pero ninguna de esas dos explicaciones tiene en cuenta factores como el incremento del precio de los alquileres o el simple hecho de que la cultura de salir a cenar por ahí, tan en boga hace diez años, ahora ha sido sustituida por otras modas. Las clases medias menores de 45 años, público objetivo de los restaurantes de Jamie Oliver, prefieren destinar sus recursos económicos limitados a, por ejemplo, ropa y tecnología.

Nunca es un buen momento para enterarte (vía llamada telefónica de tus abogados) que tu emporio se arruina a toda velocidad, y literalmente tienes sólo dos horas para reunir la financiación suficiente como para morir otro día no debe de ser, con perdón, plato de buen gusto. «Sencillamente, nos hemos quedado sin dinero», confesó más tarde el chef en las páginas del Financial Times.

Oliver dio sus primeros pasos como empresario hostelero en 2002, cinco años después de haber saltado a la fama como el sous-chef más molón del River Café londinense, pero ya con su primer libro de cocina entre la lista de los más vendidos. Su concepto, Fifteen, no podía ser más innovador y atractivo: un restaurante de calidad donde acogía a cualquier joven sin empleo que quisiera aprender a cocinar bajo su tutela. Fue un éxito, pero su proyección internacional (hacia 2003, cuando la Reina lo condecoró con la MBE, era sin duda uno de los hombres más famosos de Inglaterra) exigía un salto a un mercado más masivo. Así, el primer Jamie’s Italian abrió en 2008 con colas que daban la vuelta a la manzana y, por el momento, cero señales de que la cadena pronto se iba a ver arrinconada en un paisaje de competencia feroz: no hay más que caminar por cualquier calle del centro de Londres para entender el extremo hasta el que la oferta de restaurantes de gama media supera ahora mismo a la demanda.

Los fondos de inversión no podrían haberse volcado en este negocio durante un peor momento, con los dos chivos expiatorios más socorridos, el Brexit y los millennials, conspirando para convertir ideas como Jamie’s Italian en una quimera insostenible.

Por no hablar de la pequeña ironía que habita en el corazón de todo este asunto: el mismo hombre que te enseñó a cocinar sano, sabroso y barato en menos de treinta minutos con ingredientes que tuvieras por casa no puede convencerte después para que salgas a cenar a su restaurante. O, al menos, no por mucho tiempo. Cuando sus miles de fans probaron lo que Jamie’s Italian y el resto de establecimientos de la cadena tenían que ofrecerles, una vez supieron de qué iba eso, se quedaron con la primera regla del manual: todo lo que necesitas para una cena espectacular lo tienes ya en la cocina. Y fue un manual que el mismo Oliver escribió. Es decirles: almuerza y cena en casa que tienes todo en tu cocina.

Pero no podemos perder de vista su condición de pionero y revolucionario de la gastronomía moderna.

Oliver te abría las puertas de su casa y te invitaba a mancharte las manos con él en su diminuta cocina. Además, le añadió un punto de ficción que, paradójicamente, lograba que sus espectadores empatizaran más con él: cada episodio ponía al chef en una situación límite cotidiana (una visita familiar, por ejemplo) que lo obligaba a cocinar algo impresionante en el menor tiempo posible y con ingredientes del día a día. A

Acabó con el prejuicio de que comer bien es de ricos, o de que los pobres no pueden disfrutar de placeres para sibaritas. Era un ídolo de masas porque, maldita sea, el tipo sabía comunicarse con las masas de una forma casi sobrenatural. Incluso lo descuidado de su ejecución parecía un gesto calculado al milímetro: si este patoso desastrado puede, entonces yo también.

Mucha gente perdió el miedo a cocinar gracias a sus programas y sus libros de recetas. En una sola frase: Jaime Oliver democratizó el comer bien.

Quizá lo mejor sea dejar morir Jamie’s Italian para concentrarse en Jamie, revolucionario gastronómico y activista en pos de una Tierra y una infancia más sanas. Jack Monroe, su más que probable relevo generacional, sintetizó en una columna para The Guardian las razones por las que su legado está más que asegurado: «Sus recetas son brillantes. Nunca he hecho una que no me haya funcionado (…) Él jamás ha usado un tono condescendiente, ni ha dicho que, si no tienes un ingrediente concreto, no puedes cocinar una gran receta. Y eso le proporciona a un cocinero un montón confianza en sí mismo. Hay que tener mucho talento para darle a la gente un manual de instrucciones y, a la vez, la libertad para hacer lo que quieran«.

En este caso, la gente ha decidido dejar de ir a sus restaurantes. Pero eso no significa que las enseñanzas de Jamie Oliver no hayan cambiado para siempre la forma de comer sólo en Inglaterra, sino también en el resto del mundo.

De la gloria a la caída del chef Jamie Oliver

Vía: GQ

 

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